“Te damos una hora para que desaparezcas” historias del éxodo

Por: Félix Meléndez

La soledad de los pocos migrantes recostados en el auditorio del parque de Ayutla, en la ciudad de Tecún Úman, se siente palpable en comparación a 3 semanas atrás en las que el éxodo masivo de centroamericanos derribando bardas y atravesando el rio, atrajo la atención del mundo.

El flujo de migrantes ha bajado visiblemente, pero la sombra del éxodo ha quedado como un reflejo que ahora ha mutado como un fenómeno social que no está dispuesto a detenerse fácilmente. Activistas, periodistas e investigadores de las migraciones, observan un cambio sustancial: Los/as migrantes están buscando viajar acuerpados en la fuerza del colectivo, preguntan y se documentan acerca de la situación en México, desconfían de las voces de “buena de voluntad” de cónsules y representantes de migración que les ofrecen registrarse en listados para ingresar a territorio mexicano de forma segura y ordenada. El paso migratorio guiado por los coyotes ha dejado de ser una opción viable.

Entre este pequeño grupo de centroamericanos que está a la expectativa de tener su momento idóneo para cruzar al otro lado ante los incesantes rumores de más caravanas que parten de sus respectivos países, se encuentra don “Sergio”, un salvadoreño de edad avanzada, al que las canas lo delatan como una persona que ha pasado por momentos duros como para abrirse tan fácilmente a la charla con un desconocido. Al principio increpa mucho a mis preguntas sobre los motivos que le llevaron a migrar, a tal punto que decido no sacar mi cámara fotográfica para no perder la frágil relación de apertura que estaba tratando establecer, una muestra de la desconfianza que muchos migrantes han aprendido como protección ante los constantes obstáculos a los que se han enfrentado, entre ellos engaños o falsos rumores de ayuda humanitaria que al final resultaron ser estrategias para disuadir y dividir a los grupos. Al presentarme como salvadoreño y establecer una conexión como compatriota, su tono de voz cambio súbitamente, del desenfado a alguien que cuenta su historia como quien suelta por un momento “la cruz del martirio que le ha tocado cargar”.

Él es un migrante reincidente, la primera vez que migró hacia Estados Unidos fue durante el comienzo formal del conflicto armado salvadoreño en el año de 1980. Durante 35 años vivió en Estados Unidos de forma legal, llegando a tener dos hijos, pero un problema marital el cual no especificó, le llevo a perder los documentos y por consiguiente su status, siendo deportado de nuevo a El Salvador en 2015. Ya en su tierra, regresó al único lugar del cual tuvo recuerdo alguno, Mejicanos, un pequeño municipio en la capital San Salvador, una zona populosa y ciudad dormitorio muy conocida porque es territorio disputado entre las dos pandillas o maras más violentas de la región, quienes mantienen en zozobra a sus habitantes con la ley urbana no escrita pero aceptada “ver, oír y callar”.

Durante estos tres años, don “Sergio” logro sobrevivir como alguien que no llamaba la atención y consiguió tener un trabajo como electricista en un local en el centro de San Salvador, ayudado por la aportación económica que recibía de sus hijos. Pero hace poco esa frágil tranquilidad en la que vivía se derrumbó estrepitosamente: Una noche llego a su casa y se encontró con la puerta de entrada tumbada, descubriendo que había sido despojado de buena parte de su recado patrimonio, entre ello, dinero que tenía guardado para cualquier eventualidad. Es en este momento cuando su voz se quiebra y su mano temblorosa enciende un cigarro para mantenerse fuerte. “Puse la denuncia a la policía, esto ante la advertencia de mis vecinos. Ellos (los policías) llegaron y me dijeron que mejor me hubiera quedado callado y que los “muchachos” no tardarían en enterarse. Se fueron y al cabo de una hora, los pandilleros aparecieron y me agarraron a patadas.

“La regaste con nosotros viejo cabron” me dijeron y me amenazaron: “Te damos una hora para que desaparezcas. Si seguís acá cuando regresemos te matamos”. Así golpeado agarré una mochila, unas cuantas camisas y hui”.

En su desesperación, don “Sergio” cuenta que aun tembloroso y tratando de entender que haría, vio en una cafetería la noticia de grupo de salvadoreños/as, quienes motivados por la masiva caravana de hondureños que habían entrado a territorio mexicano, decidieron replicar el intento y se animaron a partir para unírseles.

 Ver esto le lleno de algo de esperanza y se dirigió al monumento de El Salvador del Mundo, lugar que fue establecido como el punto de partida. Sin saberlo, él se unió a la segunda caravana de salvadoreños/as, el grupo migratorio más grande que ha partido del país más pequeño y violento de américa latina en su historia reciente. Llego a la frontera sur y decidió separarse de la caravana, dejándose seducir por la oferta de la solicitud de refugio humanitario en México. “Al darme cuenta que a muchos compatriotas los estaban engañando y deportando, desistí de hacerlo, pero fue tarde para mí, porque me perdí la oportunidad de pasar el río con toda la gente”. 

Ahora luego de la efervescencia del efecto de las caravanas y a casi una semana y media de estar durmiendo entre un refugio, la iglesia y el parque de Ayutla, don Sergio lo tiene claro: No puede regresar ni en sus pesadillas a su país, ese que lo ha expulsado dos veces. Ahora espera que más gente descontenta y amenazada como él pero llenas de esperanza de una vida mejor, hagan caravanas multitudinarias a las que él pueda unirse junto al pequeño grupo que está en la pequeña plaza y así por fin cruzar el rio para emprender el viaje a la frontera norte.