Caravana de Madres 2018

Carta a un padre migrante desaparecido

Por: Iván Sánchez

Coatzacoalcos, Ver.- Una pequeña hoja con letras de colores se extiende desde la mano de Jaqueline hacia su abuela María Gabriela; es una carta que la pequeña de ocho años escribió para su padre, José Erasmo, un migrante desaparecido en México hace tres años.

La niña vive en Guatemala en una casa humilde color melón de la comunidad de Mazatatenango junto con su hermano Ernesto y su abuela, en donde esperan a que su padre regrese después de haber perdido su rastro en Sonora, poco antes de que cruzara la frontera hacia Estados Unidos.

Jaqueline siempre dibuja en una pequeña mesa rosa con dibujos de princesas que está en la sala, allí posiblemente escribió también la carta que desea que su abuela entregue a su padre, pero María no está segura de eso, ella trabaja todo el día y no conoce el momento exacto en el que el papel fue rellenado con las letras propias de una niña de su edad.

“Te hice una carta para ti y otra para mi papá”, le dijo la niña mientras la ocultaba tras su espalda poco antes de que María se uniera a la Caravana de Madres Migrantes de Migrantes Desaparecidos que llegó a México hace unos cuantos días.

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Ahora en el camión que viaja por carreteras mexicanas María aprieta con fuerza los papeles en sus manos, están arrugados de la presión y de las lágrimas que han caído mientras se esfuerza en que no le gane la curiosidad.

Prometió que sólo las leería hasta llegar a la Ciudad de México, en la basílica de Guadalupe, frente a esa virgen que protagoniza el programa televisivo que José Erasmo y su hija veían cuando estaban juntos.

Mientras tanto avanza por ese país que le robó a su hijo, sigue la ruta migratoria junto con otras 30 mujeres que buscan lo mismo que ella, un reencuentro que dé paz a su corazón y al de sus nietos.

Vivir con dos mil quetzales al mes

“Dos mil quetzales solo sirven para estirarlos”, asegura María quien debe ver la forma de con eso pagar alimentos, colegiatura y niñera.

Trabaja como técnica en un hospital en Guatemala, podría haberse jubilado hace tiempo, pero debe pagar la deuda que dejó su hijo al partir rumbo Estados Unidos y además sacar adelante a sus nietos, Jaqueline y Ernesto.

A pesar del dolor, aun debe solventar los 35 mil quetzales que pidieron prestados para que pudiera hacer el viaje que lo llevó a la desaparición.

Cada que recuerda esa llamada del 29 de julio del 2015 las lágrimas se le escapan del borde de los ojos, fue la última vez que oyó la voz de su hijo, esa voz de un hombre de 1.82 metros de altura, callado y cariñoso. Ese hombre que es destinatario de una carta llena de amor.