Caravana de Madres 2017

Sin importar los obstáculos, Pilar se pudo reunir con su hija Olga

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Foto Consuelo Pagaza.

Por Israel Hernández.

 Villahermosa, Tabasco.- Si de esperanza y perseverancia se quiere hablar, hay que contar la historia de Dilma del Pilar Medina Escobar: tras más de 8 años, después de participar al menos 5 Caravanas de Madres Centroamericanas y viajar cientos de kilómetros, la mujer hondureña volvió a abrazar a su hija Olga Edelmira Romero Escobar, de 36 años.

El largo abrazo que se dieron el pasado domingo 17 de diciembre en el salón de un hotel, en la capital tabasqueña, reflejó la fortaleza que desarrolló Dilma del Pilar Medina en su búsqueda por territorio mexicano. A diferencia de otros casos, cuando ingresó a México el 1 de diciembre, ella ya sabía en qué ciudad vivía su hija y ya había podido hablar un par de veces vía telefónica.

Sin embargo, a escasos dos meses de que iniciara la Caravana de Madres Centroamericanas 2017, la comunicación se perdió totalmente. Se acabaron los mensajes de texto y las llamadas. Ya no hubo más intercambio de información a través de Whatsapp.

FRUTOS DE UNA BÚSQUEDA INTERMINABLE

La tarde del 5 de diciembre, Medina Escobar recorrió las calles de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en busca de una pista que ayudara a localizar a su hija. En compañía de Rubén Figueroa, del Movimiento Migrante Mesoamericano y de Iveth Pineda, coordinadora de las madres hondureñas en la Caravana, la mujer originaria de Progreso Yoro caminó en la zona que había referenciado Olga Romero antes de que se perdiera la comunicación.

“Me dijo que ella vivía 5 cuadras para abajo de la terminal”, detalló Dilma del Pilar a Figueroa. Con ese simple dato, los tres caminaron decenas de cuadras alrededor de la central del sur. Preguntaron en carnicerías, tiendas de abarrotes, papelerías, bares, verdulerías y todo sitio donde se pudiera obtener información sobre el paradero de Olga Edelmira.

“Yo la he visto caminar por aquí, siempre va con dos niños. Estoy seguro que es ella”, señaló una mujer en las inmediaciones de la avenida 9na. Sur Poniente. Después de seguir las referencias de los transeúntes, Figueroa consideró que la búsqueda debía delimitarla.

A la mañana siguiente, antes de que la Caravana partiera hacia Coatzacoalcos, Rubén Figueroa e Iveth Pineda decidieron pegar carteles con la fotografía de Olga en la zona donde se le había visto. Sin saberlo, ambos habían dejado la semilla que días más tarde rendiría fruto.

En el viaje a Coatzacoalcos, Dilma del Pilar Escobar confesó que había llorado a cántaros. En ella había una tristeza inexplicable “¿Por qué mi hija se dejó de comunicar conmigo?”, se preguntaba. A pesar del dolor, en el fondo de su alma había calma y agradecía el hecho de que Olga Edelmira Romero se encontrara viva y disfrutando de sus dos hijos. La esperanza por volverla a ver tampoco desapareció.

El contexto familiar no era sencillo: antes de salir de Honduras, Olga Romero procreó 5 hijos. En busca de mejores condiciones de vida, decidió dejarlos a cuidado de Dilma del Pilar con la promesa de regresar por ellos en cuanto tuviera oportunidad. Sin embargo eso nunca pasó. Y Dilma del Pilar nunca lo reprochó porque era consciente que en el camino al norte cualquier cosa podía sucederle. Lejos de reclamos y de cuentas pendientes, después de ocho años lo que la madre hondureña anhelaba era un abrazo.

UN REENCUENTRO INESPERADO

Dilma del Pilar Escobar desayunó el 17 de diciembre con la única certeza de que al día siguiente, el lunes 18, tendría que volver a Honduras. La Caravana de Madres Centroamericanas estaba a punto de terminar y no había mas que disfrutar de la compañía de sus compatriotas y amigas de Guatemala, El Salvador y Nicaragua.

Un día antes, Escobar cuestionó a sus compañeras la extraña ausencia de Iveth Pineda, de Rubén Figueroa y del equipo de periodistas que había acompañado a la Caravana en su viaje por México. Ninguna de sus amigas supo darle una explicación.

Lo que no sabía la madre hondureña era que mientras la Caravana visitaba Las Choapas, en el sur de Veracruz, Pineda y Figueroa buscaban a Olga Edelmira en Tuxtla Gutiérrez. Con el puro instinto y apoyados por el mapa satelital, ambos seguían la pista a la llamada de José Ramón, una persona que sabía en qué calle vivía Olga Romero.

Después de varias llamadas y de rondar la central de autobuses del sur, la brigada de búsqueda encontró a Olga en un parque cercano a su casa de la calle Lázaro Cárdenas. Sin pensarlo, aceptó viajar a Villahermosa para darle la sorpresa a su madre y de paso presentarle a Moisés y Valeria, los nietos nacidos en suelo mexicano.

De manera inusual, los organizadores del desayuno dominical en el hotel tabasqueño acomodaron las sillas para dejar un espacio al centro y Dilma del Pilar no lo notó. Guardó su lugar y escuchó las palabras de Marta Sánchez Soler, coordinadora del Movimiento Migrante Mesoamericano, quien hablaba de los reencuentros ocurridos durante la Caravana.

En cuanto terminó el discurso de Sánchez Soler, Olga ingresó al salón en medio de los aplausos, incluidos los de su madre, aún ajena a lo que pasaba. Sin esperarlo, enfrente tenía a su hija y a sus dos nietos. La búsqueda había llegado a su fin, pero los abrazos apenas comenzaban.

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