La caravana de madres centroamericanas inspiró a mujer para ayudar a migrantes

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Una tarde gélida en noviembre de 2014, dentro de la iglesia de Bojay, Angélica Loyola Díaz miró al obispo de Tula, Juan Pedro Meléndez, oficiar una misa para las madres de migrantes desaparecidos que habían llegado a Atitalaquia, Hidalgo.

En la colonia se había corrido la voz sobre el arribo de dicha caravana a la Casa del Migrante El Samaritano y como sus padres fueron indocumentados que partieron de San Luis Potosí, quiso acercarse para entender cómo esas madres se adentraban a México para buscar pistas del paradero de sus hijos desaparecidos.

Angélica Loyola salió de la misa oficiada a las madres pensando en las palabras que el obispo le dijo a los feligreses esa tarde noche sobre Caín y Abel:

“Hoy a ti también Dios te pregunta dónde está tu hermano qué le vas a responder si tú no estás pendiente de él si tú no eres responsable de él!.

Llegó a casa. Pero su hijo tenía hambre así que lo llevó por hamburguesas. En el camino se encontró con el obispo a quien no pasó la oportunidad de informarle que le había pegado su mensaje. Él, como respuesta a su interés, le ofreció si quería ayudar en la casa del migrante.

“Mañana haremos un desayuno. Por qué no vienes a ayudar porque luego nos hace falta gente para la limpieza…(sería) como a las ocho, ocho y media” le dijo el obispo.

Angélica aceptó y llegó puntual al siguiente día. Dos años después. Angélica no sólo ayuda en la casa, es la encargada de abrirla, incluso en los días de lluvia en que los migrantes necesitan un lugar para refugiarse.

La casa del migrante en Bojay

La casa del migrante El Buen Samaritano de Atitalaquia, Hidalgo es el resultado del esfuerzo de muchas mujeres de fe y de la iglesia de la localidad. También de la ayuda vecinal.

Y aunque no se considera un albergue como tal funciona desde 2011 para alimentar a cientos de migrantes que pasan por la ruta migratoria diariamente. Antes de eso era una casa maltrecha que daba cobijo a los pobres e indigentes.

Ahora la casa es un buen refugio en un lugar rodeado de peligros. Sus encargados y voluntarios han sufrido intimidaciones. Cuentan los vecinos que incluso les secuestraron migrantes dentro de la casa. También que como advertencia les han dejado perros muertos y destazados afuera de la casa.

Sin embargo el optimismo y el cobijo con el que Angélica Loyola se dirige a mi cuando relata cómo es que ella comenzó a ayudar a los migrantes, es el mismo con el que se dirigen los voluntarios de esta casa en sus labores cotidianas.

Chicos demasiados sonrientes para un lugar frío como éste, registran, sirven alimento, regalan chocolates y ofrecen techo y un buen baño de agua caliente a los recién llegados justo como le pasa a unos chicos hondureños criados en la capital.

“Es mentira eso de que no hay tiempo para ayudar”

La sonrisa y el entusiasmo de Angélica Loyola enmarca los rieles que enfilan a San Luis Potosí. La perra llamada Migra, ladra de vez en cuando y el sol por momentos amortigua el aire frío de Atitalaquia.

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“Es mentira eso de que no hay tiempo para ayudar. Yo me levanto a las cinco de la  mañana, barro la calle, recojo la basura, dejo mi casa limpia, hago lonches, dejo a mis hija en la escuela, yo abro la casa, y comienzo a preparar las cosas, y cuando hay muchos migrantes me traen a mi hija y aquí juega; por las tardes voy al gimnasio, a las actividades de la iglesia y hasta por las noches veo mi programa favorito” relata Angélica.

Todo es cuestión de administrarse. Por ejemplo hoy que llegaba la caravana y era un día ajetreado, avisó a su esposo desde ayer que no llegaría a casa en todo el día Pero dejó la comida hecha.

Loyola Díaz cree mucho en Dios. Y eso la mantiene ayudando a las personas en la casa. En los tres años que lleva mirando a los migrantes y sus historias,  de todas recuerda la más triste:, de Ronnie, un niño de 11 años que llegó hace no mucho.

“Vino la UNAM. Entrevistaron a un niño. Me senté a limpiar frijol y escuché. Se llamaba Ronnie. ¿Por qué te has venido? Le preguntaron. Ronnie tenía once años. La edad de mi hija. Es que en esta temporada es una etapa de reclutamiento de los maras, especialmente de jóvenes y niños. Y me dijo mi mamá: vete Ronnie, es muy posible que en el camino te maten porque el camino es muy difícil pero también cabe la posibilidad de que tu llegues y tengas mejor vida. Y te van a matar. Y me van a matar a mi. Entonces yo prefiero saber que nunca te voy a volver a ver y vivir con la esperanza de que estás bien. ¿Te imaginas el dolor de una mamá que tenga que dejar a su bebé? Porque es un niño, una criatura. ¿El amor que ella siente como para dejarlo ir”

Angélica está siempre activa. Organiza, dirige. Siempre está al tanto de que a nadie en la casa le falte algo. No es para menos. Se ha ganado rápido la confianza que cuando las hermanas de la iglesia tienen que salir, ella se queda a cargo.

“Cuando llueve y sé que hay migrantes esperando yo voy y les abro la casa. Busco voluntarios que me ayuden. No siempre hay para comida pero por lo menos les hacemos lonches de galletas, atún. La casa cierra los lunes pero como vivo cerca, la gente me avisa de que hay muchos de ellos esperando y también voy para abrirles” relata Angélica.

¿Cómo es que una mujer no pierde el optimismo y la energía ante el panorama desolador que rodea a veces a la migración? ¿Cómo es que puede repartirse y nunca perder el brillo de sus ojos cuando ayuda a los demás?

Ella cuenta una anécdota para explicar:

Una vez llegó un señor de 60 y tantos años. Estaba durmiendo con la cabeza apoyada en los rieles. Me senté con él a esperar a las hermanas porque había olvidado yo la llave, no tardaban mucho en llegar. Le pregunté: Oiga mi amigo, esto vale la pena. Y él respondió Claro que vale la pena. Yo prefiero pensar que estoy haciendo algo para mejorar la vida de mi familia. Y lo voy a lograr. ¿cómo lo ha tratado la vida= le pregunté. Me ha tratado bien, hermana. Como yo veo las cosas, hay dos tipos de gente en este mundo. El que necesita la ayuda, soy yo. El que puede ayudar, que es usted. Y cada quien tiene que hacerse responsable del lugar que Dios nos dio. Mira qué gran enseñanza  Y esto no me convierte en gente buena…Dios es el bueno. Dentro de mi miseria me escogió a mi para ayudar. Y como dijo el señor yo tengo que hacerme responsable del lugar que me tocó” dice antes de pararse y adentrarse por la puerta que dirige a la cocineta.

Juan Eduardo Flores Mateos / Fotos: Prometeo Lucero

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