Más de tres décadas sin contacto: Aida y Norma se reencuentran

Aida y Norma se reencuentran en Las Patronas

Aida y Norma se reencuentran en Las Patronas (Foto: Prometeo Lucero)

Aida Amalia esperaba en una taquería junto al ADO de Córdoba. Su hija, Viviana Guadalupe Rodríguez Chang, la había traído desde Puebla para que ella pudiera hablar con Rubén Figueroa, coordinador del Movimiento Migrante Mesoamericano, quien le daría noticias nuevas sobre su familia guatemalteca a la cual no había visto desde que tenía 13 años.

Aida, quien hoy tiene cincuenta y tres, no sabía que iba a ver su hermana menor, Norma, y a la hija de su otra hermana, Reyna, desaparecida en México.

Este mismo día, después que la noche había caído y todos los miembros de la XII Caravana de Madres Mesoamericanos se reunieron en la casa de Las Patronas, las madres ya habían llegado a la plaza central de Córdoba para manifestar las desapariciones de sus hijos, gritando “Porque vivos se los llevaron, vivas los queremos.” En este encuentro estuvieron también las madres del colectivo solecito, que buscan a sus hijos en el estado de Veracruz.

Rubén había viajado a Tiquisate, un pueblo en el sur de Guatemala, para encontrar a la familia con quien Aida había perdido contacto. Aida había preguntado por ellos, pero su dirección había cambiado y nunca recibió una respuesta a sus cartas.

“Yo me comunicaba con me hermano pero me salí del lugar donde vivía y una persona abrió mi carta, y yo les había dicho que iba a Cuernavaca, porque iba a cambiar unos dólares. Una persona tuvo un accidente en Cuernavaca, y entonces escucharon mal y dijeron que yo había tenido un accidente en Cuernavaca…Me dieron por muerta.”

Los demás, su papá y los cinco otros hijos, esperaba por sus noticias, sin saber a dónde ella había llegado—y varios se fallecieron en los treinta décadas sin algún dato sobre ella y otra hija se perdió. Reyna Isabel también había intentando cruzar México hace veinte años y desapareció en la ruta migratoria.

Esa misma mañana del sábado, Norma Janet Rodríguez Ordoñez estaba sentada al lado de todos los centroamericanos que seguían buscando sus parientes, y de su sobrina Oneyda Isabel Rodríguez, quien busca a la hermana perdida.

Norma había recibido noticias de que su hermana estaba viviendo en México hace dos meses, pero los días de viaje desde la frontera la había dejado bastante nerviosa y bastante callada. Intentó a tranquilizarse, pero en el miedo de la caravana ruidosa, solo podía recostarse y pensar en lo que eventualmente haría juntos: la cocinaría su especialidad, el pollo pipián, y podría pasar la Navidad juntos, comiendo tamales a medianoche como solía hacer.

Aida nunca había atrevido regresar a su país a encontrar a la familia. “Yo prefiero en un submarino para ir debajo del mar en vez de un avión” ella dijo en la taquería.

Había cruzado el río con una compañera que se encontró atrapada en el mismo lugar que ella: la trata de personas. Aida había inventando una excusa—supuestamente iba a comprar azúcar—para escaparse. No quería meterse en las mismas problemas que se ven la mayoría de los migrantes.

En la taquería el 19 de noviembre, ella se sentaba con una chaqueta negro formal y escuchaba como Rubén había ido a Guatemala, y se puso a llorar. Tendría mucho para platicar con su hermana y su sobrina: como la dueña de la restaurante guatemalteca donde trabajaba solía robarle todo su pago, como su hijo probablemente fue asesinado mientras ella estaba metida en la cárcel como resultado de las mentiras de una vecina y su vida ahora con un nieto de nueve años que se llama Samuel que le encanta los videojuegos de Power Rangers.

Durante la misma tarde Norma estaba esperando atrapado entre por los menos veinte cámaras lista a documentar el momento del reencuentro. Sería ella uno de los más de doscientos reencuentros que el MMM ha hecho en una década.

Cuando el coche acercó a la casa de Las Patronas, Aida pido ayuda a encontrar lo mejor color de pintalabios. Estaba mirando el espejo tres minutos antes de llegar, como si fuera preguntando ¿cómo se prepara uno para ver a sus queridos después de más de tres décadas?

Ella marchó al centro del patio de Las Patronas, seguido por su hija, su esposo, y su nieto que casi enseguida empezó a llorar. Las hermanas que no se habían visto desde la niñez se abrazaron fuertemente. Las luces de las cámaras estaban enfocadas a esta familia reunida. La emoción pegó fuerte a Oneyda, quien en el medio de este caos, se desmayó. Los empleos de Grupo Beta llegó de repente y gritaron, “Respira profundamente.”

Cuando la multitud de personas disminuyó, la familia se quedó sola. Se sentaron en una mesa y compartieron los fotos que no habían visto, la de papá, quien falleció hace algunos años.

Prometieron que iban a seguir buscando a la otra hermana para hacerse completo la familia, la mejor posible.

Maya Averbuch

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