Buscando a nuestros desaparecidos entre los presos

por: Ehecatl Rios

La caravana de las madres migrantes estába punto de entrar al penal de santa Martha acatitlan, sus rostros reflejan una dolorosa esperanza, la de hallar a sus hijos. el cuarto de revisión para ingresar está pintado con las paredes amarillas, el portón gris que pese a lo cálido de su tonalidad se percibe bastante frío.

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Nos dirigen al gimnasio del penal, donde será el encuentro con los migrantes presos provenientes de Centroamérica, que es una cancha de basquetbol con techo de lámina y duela de madera, los ventanales sucios, muchos están rotos. Adentro, sentados y custodiados están a un costado de la cancha, a contraluz, después del desconcierto inicial, tengo la oportunidad de charlar con Karina brevemente, quien relata su historia.

Karina huyó de su casa al no ser aceptado por su preferencia sexual, su padre, comenta golpeó a su madre al hallarlo vestido de mujer cuando aún era un niño, por añadidura lo golpeó a él, huyó, el destino lo trajo a México, la conversación se corta cuando los custodios son comandados a no permitir entrevistas, me limito a tomar algunas fotos.

unos minutos más de espera, entran las madres de la caravana migrante centroamericana a caminar sobre la duela de madera, comienzan a colocar en el piso las fotos de aquellos que buscan, charlan con los internos para buscar pistas de sus hijos, los abrazan. Ellos, están donde no sólo deben lidiar con la reclusión física,también la de una tierra propia, son ajenos por la cuestión geográfica de los demás internos, son una minoría en el penal, el salón que se ilumina con un amarillo, se pinta del color de la tarde, no así sus rostros, con una expresión que denota una historia en cada arruga, unos lloran, a otros solo se les ve la piel curtida por la vida.

uno de los custodios comenta que el penal tiene alrededor de ocho mil internos, que tan solo en el dormitorio donde le toca su guardia tiene alrededor de 350 de los cuales 4 son sudamericanos.

Me causa asombro y desconcierto ver entre todos a tres chicas,una de ellas no mayor a treinta años con su hija en brazos, aún no tiene nombre.

La criminalización que viven los migrantes en México da pie para que muchos estén recluidos de forma injusta o simplemente sus casos no sean tomados en cuenta como la de otros más favorecidos. las madres hacen de ellos su sangre, los abrazan, consuelan, lloran. cruzar los dedos entre ellos, es cruzar una frontera es volver a la patria, es un hilo de vida, no sólo por hallar a sus hijos, también para otorgarles la idea casi utópica de que puedan obtener su libertad, que puedan ver el cielo de nuevo con un andar libre.

Con los lazos que crea la empatía geográfica, avanza la tarde, la noche comienza a llegar, con ella la partida de las madres migrantes, con muy poca suerte en éste encuentro, sin perder el paso que las hace continuar.

Se estima que entre setecientos y ochocientos migrantes entran a México a través de la frontera sur, la pobreza crónica y la violencia, hace que miles sean desplazados cada mes, obligados a transitar, por la ruta de la muerte. caminan entre Montes, duermen en vagones, se refugian en los albergues, pocas personas les tienden la mano. cientos de elementos que deberían garantizar la integridad de los migrantes, implementan operativos y retenes para cazarlos y deportarlos al sitio de donde un día huyeron para salvar sus vidas.

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