Madres centroamericanas comparten el dolor de Ayotzinapa

Valentina Valle

La caravana de madres en el Claustro de Sor Juana. Foto: Pep Companys

La caravana de madres en el Claustro de Sor Juana. Foto: Pep Companys

Las Madres de los migrantes desaparecidos se siguen solidarizando con los padres de familia de Ayotzinapa. El recuerdo de los 43 de la Isidro Burgos siempre está presente: en la cancha de basketball de la “72” de Tenosique las Madres formaron con velas el número 43, en el día de movilización en apoyo a la Normal de Guerrero; en el zócalo de Córdoba, juntaron las fotos de sus hijos a las de los estudiantes; en el Claustro Sor Juana, en la Ciudad de México, participaron en un acto para pedir la restitución con vida de los jóvenes y justicia para que este crimen no se quede impune.

En un país que cuenta con casi 300.000 desaparecidos, la tragedia de las madres de los migrantes se suma a la de todas las familias mexicanas que comparten el mismo dolor, en un único grito de rabia de recorre todo Centroamérica, porque “vivos se los llevaron” y ellas nunca se canceran de pedir que “vivos se los regresen”.

“No existen dispositivos para la denuncia, ni en los países de origen ni en México”, declara Rubén Figueroa del MMM. “Para venir a denunciar la desaparición de un migrante, un familiar tendría que entrar en México también de manera indocumentada, caminando. La única oportunidad para estas personas de venir a buscar en territorio mexicano sus seres queridos es, hasta la fecha, la Caravana de las Madres Centroamericanas”.

En el Informe Mundial México 2014, la organización internacional Human Rights Watch destaca que “cientos de miles de migrantes indocumentados cruzan el territorio de México cada año, y durante el trayecto muchos de ellos sufren graves abusos por parte de la delincuencia organizada, autoridades migratorias y miembros de las fuerzas de seguridad, como violencia sexual y desapariciones”. En particular, los números de este último fenómeno, que está alcanzando el tamaño de una tragedia humanitaria, son controvertidos.

El Instituto Nacional de Migración (INM) reporta que entre 2010 y 2014, 3.177 migrantes fueron reportados como desaparecidos. Sin embargo, en el mayo de este año, Raúl Plascencia, presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), reveló que desde 2005 hasta la fecha, tienen un registro de 24 mil 800 personas cuyo paradero hasta hoy se desconoce. Los datos de organizaciones como Amnistía Internacional son aún más impresionantes: las cifras que se manejan oscilan entre los 70 y 120 mil migrantes desaparecidos.

Para el sistema judicial mexicano la única instancia competente en materia es la Procuraduría General de la República (PGR) y tal vez por eso, en abril del 2013, se decretó la instalación de una Unidad Especializada de Búsqueda de Personas Desaparecidas como parte de la Subprocuraduría de Derechos Humanos de dicha institución.

Integrada, entre otros, por peritos forenses para identificar más de 200 restos humanos que, según se cree, corresponderían a migrantes, organizaciones de la sociedad civil como el Movimiento Migrante Mesoamericano (MMM) denuncian pero que esta unidad no cuenta con un mecanismo nacional articulado y reiteran que el 90 por ciento de los casos de migrantes desaparecidos sigue siendo indocumentados.


Lo querían hacer, lo podían hacer, y lo hicieron. Lo que pasó el 26 de septiembre en Iguala, en el estado mexicano de Guerrero, no ha sido un accidente, ni un uso desproporcionado de la fuerza, ni una acta indisciplinada de algunos integrantes de las fuerzas de policías que se han improvisado paladines del orden público. Y, a pesar de las especulaciones, tampoco ha sido una demostración de fuerza del cártel de los Guerrero Unidos en una lucha para controlar plazas.

Los seis muertos e veintisiete heridos, los cincuenta y siete estudiantes levantados, de los cuales catorce hallados después de unos días y cuarenta y tres todavía desaparecidos, son parte de una estrategia precisa, vigente en México desde mucho tiempo. Es la estrategia del terror que es responsable de la muerte y desaparición de cientos de activistas en los años Sesenta y Setenta, al tiempo de la Guerra Sucia; que se ha modernizado en el sexenio de Calderón, con la Guerra al Narcotráfico; que ha golpeado en 2006 ciudades como Oaxaca y San Salvador Atenco, reprimiendo la movilización ciudadana con una violencia tan ejemplar que hasta la fecha sigue afectando la reorganización del movimiento y el apoyo de la sociedad civil.

Es la estrategia también que hace desaparecer miles de migrantes en la nada, tragados por las trampas de esta tierra. Todas son demostraciones, ejemplos, pruebas. De la violencia de los militares, de la impunidad de la policía, de la corrupción de la política, de la resistencia del pueblo. El gobierno mexicano está midiendo su “enemigo interno” a través de una violencia descarada, que ya no es represión de la disidencia sino una verdadera guerra asimétrica contra la población. Todos los que piensan, discuten, protestan, son peligrosos. Como los que preguntan e investigan, y los que tejen, crían o truquean. Y, claramente, como los que viajan.

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